Migrantes viven en la calle en México debido a política migratoria de EE.UU.


Cientos de migrantes venezolanos que han sido deportados en las últimas horas, de Estados Unidos a México, se encuentran en situación de calle en la frontera norte mexicana, ante las nuevas políticas migratorias impuestas por Washington.


En la mexicana Ciudad Juárez, fronteriza con Texas, familias completas están estos días sin un techo donde vivir, no tienen alimentos, ni abrigo y en estos días enfrentan un clima gélido ante la llegada de un Frente Frío a la región fronteriza entre ambos países


El pasado jueves, el Gobierno de Estados Unidos advirtió a los migrantes venezolanos que fracasarán si intentan llegar de forma irregular a territorio estadounidense y los invitó a buscar una de las visas de protección que anunció el Gobierno.


El anuncio llegó un día después de que Estados Unidos y México cerraran un acuerdo por el cual el Gobierno estadounidense ofrecerá 24.000 visados para venezolanos y regresarán a territorio mexicano a todos los que crucen la frontera de forma irregular.


Ahora, este acuerdo ha ocasionado la deportación de más migrantes, quienes no cuentan con los recursos suficientes para solventar sus gastos básicos y solo tienen 15 días para dejar México.



Miles de migrantes se acumulan en pueblo del sur de México


Al sur de México, en un recóndito pueblo a más de 300 kilómetros de la frontera con Guatemala, opera un enorme campamento adonde miles de migrantes se preguntan cuál será su destino tras el reciente acuerdo para regular la llegada de venezolanos a Estados Unidos.


En San Pedro Tapanatepec —en el istmo y la parte más estrecha de México— en los primeros días de octubre, ya había allí unos 7.000 migrantes. El lunes, según su alcalde Humberto Parrazales, el número se había elevado a unos 12.000, el 75% venezolanos. El número de migrantes ya superó al número de habitantes de Tapanatepec, solo el municipio tiene registrados 8 mil habitantes y actualmente hay entre 10 mil a 12 mil migrantes varados, según dijo el presidente municipal.


El campamento —-cinco grandes carpas en las afueras del pueblo con colchonetas, unos baños, agua y unos cuantos ventiladores para el sofocante calor— lleva funcionando desde inicios de agosto como centro de expedición de documentos de tránsito a extranjeros.

El Instituto Nacional de Migración lo montó para descongestionar la ciudad de Tapachula, puerta de entrada de la frontera sur.


Hasta la semana pasada, hombres, mujeres y niños esperaban ahí sus permisos durante tres o cuatro días y luego seguían hacia el norte. Ahora, la expedición de esos documentos se ha ralentizado, explicó el alcalde en conversación telefónica, coincidiendo con el anuncio del nuevo plan estadounidense que por un lado otorgará visas temporales para 24.000 venezolanos que entren a Estados Unidos vía aérea y que, por el otro, ya ha comenzado a expulsar de regreso a México a los que lleguen por tierra.


La Organización Internacional para las Migraciones indicó la semana pasada a The Associated Press que preparaba con agencias de la ONU un programa para informar a los migrantes del nuevo programa, pero en San Pedro Tapanatepec el lunes cundía el desconcierto.


“No entiendo nada”, decía vía telefónica el venezolano Robinson Rodríguez. “Si se trancó todo (si se cerró la frontera) ya no deberían sacar ese permiso. Y uno les pregunta (a las autoridades) y ellos dicen que no saben pero lo siguen sacando”.


Rodríguez consiguió el documento de tránsito por siete días, pero tuvo que esperar en el pueblo para lograr conseguir dinero para el pasaje y ahora que ya lo tiene, el permiso está por caducar y no sabe qué hacer.


El lunes comenzó a llegar la primera información, según indicó el nicaragüense Luis Martinica que mostró a la AP vía Whatsapp un papel en el que se indicaba la página web donde los venezolanos pueden inscribirse al nuevo programa de visas estadounidenses. Pero la hoja estaba escrita de tal manera que a Martinica no le quedaba claro si también a él lo iban a retornar si llegaba a la frontera.


Por su parte, el alcalde estaba preocupado porque cada vez tenía más problemas para garantizar la salud o la recogida de basura y también el abastecimiento de agua o electricidad porque los transformadores no daban abasto y ya hubo algunos cortes.


Sin embargo, Parrazales reconocía que el flujo de migrantes había dejado una derrama económica “brutal” y nunca vista, de uno 300 millones de pesos (15 millones de dólares) “en cambio de divisas, trámites bancarios, venta de lugares para dormir, de comida, medicamentos, insumos básicos, boletos de autobús, taxis... cobran hasta por cargar un celular”, señaló.


Ninguna organización civil estaba ofreciendo ahí sus servicios, como ha sido habitual en ocasiones similares y algunos migrantes incluso desconocían quién estaba a cargo del lugar.


“No sabemos si esto es de la ONU, pero no nos informan como cuando llegamos a Panamá”, se quejaba hace unos días el peruano Bryan González.


Justo al sur de ese país, antes de cruzar la selva del Darién, fronteriza con Colombia, es donde se acumulan también en torno a 10.000 migrantes, según las autoridades de ese país.


La Secretaría de Relaciones Exteriores de México dijo la semana pasada que el gobierno ha dado más de 77.000 permisos de tránsito sólo a venezolanos este año. La mayoría fue en los últimos tres meses.


Estos ciudadanos, al igual que cubanos o nicaragüenses, son complicados de deportar tanto para México como para Estados Unidos y en los últimos meses cuando cruzaban y se entregaban a la Patrulla Fronteriza solían poder quedarse en territorio estadounidense para iniciar ahí sus trámites migratorios.


El Instituto Nacional de Migración mexicano no ha contestado a reiteradas solicitudes de la AP sobre la situación en San Pedro Tapanatepec, ni sobre cómo se gestionará a los migrantes que siguen en el campamento.


Ante la falta de claridad, proliferan los rumores y los ánimos se caldean. El domingo “por un desorden de muchachos de Venezuela que ofendieron a un policía” paralizaron la entrega de documentos, según explicó el nicaragüense Martinica.


“Hay mucho hermetismo”, afirmó el alcalde. “Es una olla de presión la que estoy conteniendo aquí”.




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